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¿Qué es la “resiliencia”? ¿Qué factores contribuyen a la resiliencia? ¿Qué ocurriría si  en todas las escuelas “educar en la resiliencia” fuera una competencia curricular obligatoria? ¿Y si se fomentara la formación dirigida a los padres en dicha materia? Estas y otras preguntas relacionadas con el término de “resiliencia” han despertado el interés en los últimos años de diferentes colectivos procedentes de diversos ámbitos (psicología, salud mental, trabajo social, pedagogía, sociología, etc.).

En condiciones normales, el entorno familiar y social de la mayoría de los niños favorece su adecuado desarrollo físico, emocional y social al proporcionarle cuidados básicos, seguridad, protección y modelos adecuados. Si bien, para los menores cuyo entorno familiar y/o social más cercano es fuente de estrés (desempleo, escasez de recursos económicos o comunitarios, muerte de un progenitor, problemas de drogadicción, aislamiento social…), dicho desarrollo evolutivo puede verse impedido debido a las circunstancias adversas en las que viven. Pero esto no se cumple en todos los casos.

Diversas investigaciones han encontrado que cerca de un tercio de niños que crecen en un entorno con múltiples agentes estresantes y escasas oportunidades de desarrollo consiguen adaptarse bien al medio y, con el paso de los años, llegan a convertirse en adultos con una vida totalmente normalizada. Es decir, un porcentaje de niños y adolescentes logran sobreponerse a las situaciones adversas, sin sufrir secuelas psicológicas graves, e incluso saliendo enriquecidos, en cuanto a su maduración y desarrollo, ante la vivencia de dichas situaciones. Este fenómeno se conoce como “Resiliencia”, término que procede del vocablo latino “resilio”, que significa volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar. Las ciencias sociales y de la salud han adoptado el término resiliencia para referirse a la capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e incluso ser transformado positivamente por ellas (Grotberg, 1995; Cyrulnik, 2002).

¿Cómo podemos ayudar a los niños y adolescentes a que salgan adelante y se desarrollen de forma positiva, saludable y equilibrada a pesar de las situaciones adversas de la vida? He aquí un decálogo de actuaciones para fomentar la resiliencia en los menores:

  1. Fortalecerles interiormente y fomentar su autoconocimiento y autoconcepto
  2. Mantener con ellos una relación basada en la aceptación incondicional, el cuidado y la protección
  3. Ofrecerles nuestra presencia afectiva, escuchándoles atentamente y validando sus sentimientos sin criticarlos o censurarlos
  4. Ayudarles a buscar soluciones a sus problemas, sin intentar resolverlos por ellos
  5. Ayudarles a fortalecer su capacidad para descubrir el significado o sentido de lo que ocurre en sus vidas
  6. Ayudarles a que sientan que tienen control sobre su propia vida, por ejemplo, fomentando su autonomía y su responsabilidad personal
  7. Fortalecer su autoestima, ayudándoles a encontrar sus cualidades positivas y talentos y a expresarlas y manifestarlas
  8. Ponerles límites y fortalecer sus habilidades sociales para que aprendan a evitar problemas o situaciones peligrosas
  9. Potenciar en ellos una actitud optimista ante sus experiencias y ante la vida, fortaleciendo su sentido del humor
  10. Fortalecer el ambiente social y los recursos personales de los individuos, las familias y el barrio o comunidad en la que viven

La resiliencia se presenta como una nueva forma de prevención tanto de la aparición de secuelas psicológicas -baja autoestima, depresión, baja tolerancia a la frustración, agresión, escaso control emocional, problemas de habilidades sociales y asertividad, etc.- como de la aparición de problemas de ajuste social, tales como la  realización de conductas de riesgo, el consumo de drogas o alcohol, la comisión de hechos delictivos o el fracaso escolar entre otros. De esta manera, educar en la resiliencia ya desde la más tierna infancia dentro del ámbito escolar se convierte en un reto social con inmensos beneficios a todos los niveles: personal, familiar, comunitario y social.

Dra. Segunda Sánchez Lorente